La felicidad es una hipótesis demasiado ingenua para considerarla en
serio. No se trata más que de una percepción de bienestar pasajero, un
consuelo provisional de la existencia, tan corto en su duración como
difícil en su reminiscencia, pues la memoria arraiga con más facilidad,
con mayor firmeza y durante muchísimo más tiempo los instantes dolorosos
que los placenteros. Conseguirla y conservarla, por así decirlo, es tan
complicado como establecer el número exacto de necedades que rondan a
cada segundo por nuestras cabezas.
Algunos han querido
alcanzarla entregándose en exceso a todo tipo de placeres, hasta que
terminan hastiándose de ellos y odiándose a sí mismos. Otros han
intentado refrenar sus instintos y alejarse de todas las pasiones
existentes, hasta que acaban por no aguantar ni el peso de su propio
cuerpo y se suicidan por puro desespero. Hay quienes buscan el ansiado
sosiego en la santa sede de la ebriedad, y lo que les dura la jinchera
les dura la felicidad. Muchos creen que acumulando dinero y bienes la
obtendrán, pero no bien descubren que hay por lo menos un centenar de
individuos más ricos que ellos, los invade una inquietud tan grande que
de ahí en más no tendrán un solo momento de descanso. No pocos están
convencidos de que saliendo a aventurar por el mundo con una mochila al
hombro hallarán el sitio ideal para gozar de una vida plena y
satisfactoria, y así envejecen paseando el hambre de pueblucho en
pueblucho, ignorando que apenas emprendieron su viaje lo primero que
empacaron fue la infelicidad que los determinó a partir. Uno que otro
misántropo la busca haciendo dieta de los hombres y sus sucias
costumbres, y a tal efecto se interna en lo profundo de una montaña
junto con sus hijas, a quienes con el paso del tiempo hará madres –y
abuelas, si el tiempo y las fuerzas se lo permiten–. Demasiados
filósofos algo líricos sostienen que en la contemplación desinteresada
de la naturaleza y en la elevación de espíritu se la puede encontrar. ¿A
qué naturaleza se referirán? Hace mucho tiempo que aquel refugio se
convirtió en un medio más para satisfacer las necesidades del bípedo
implume, que ha metido sus narices avarientas en cuanto rincón del mundo
subsiste todavía. Incluso en el lugar más apartado de la tierra se
encuentra uno hoy a alguien tratando de venderle un trapero. La propia
naturaleza, estimados vejetes ociosos, ha sido pervertida. Y ustedes
echados en una cama pensando en cosas inoficiosas.
Aunque nos
neguemos a aceptarlo, todos padecemos el síndrome de Agamenón: después
de alcanzar un fin, o incluso la gloria, se nos viene encima otra
desgracia o un nuevo motivo de preocupación. De ahí que cueste tanto
trabajo imaginarse que aún existan optimistas entre nosotros. Estos
individuos que vienen siendo al mundo lo que son los cerdos a sus
cocheras, que no se cansan de vivir día a día en la repugnancia absoluta
y que si acaso vieran abierta la puerta de la marranera harían como los
puercos: no se les ocurriría siquiera poner una pezuña afuera. De
hecho, el caribajito es un poco más digno: se queda en su inmundicia
porque entiende que allí tiene la comida asegurada y sabe que en otro
lado adelantará el fatal instante de convertirse en alimento de otro. En
cambio el optimista, aun cuando esté obligado a aguantar hambre todos
los días, conserva la esperanza de que su situación cambiará en algún
momento. Para un optimista el desenlace trágico no existe, por más que
la realidad lo contradiga. Un optimista no sabe ni en qué mundo vive.
El edificio de la felicidad se desploma con más prontitud de lo que
tarda en construirse, dado que sus cimientos están asentados sobre la
arena. Debido a eso el uso de alcohol y narcóticos, tanto psicoactivos
como morales, es cada vez más grande, ya que cualquier cosa que sirva
para alargar ese breve instante de satisfacción representa un alivio a
la innumerable cantidad de penas, frustraciones y desdichas que nos
afligen a diario.
Bajo estas circunstancias, el insensato que
al borde del sepulcro declara que llevó una vida feliz en todos sus
aspectos y que volvería a repetirla si tuviera oportunidad de hacerlo
es, además de un farsante empedernido, un desquiciado que lo mínimo que
puede hacer es librarnos de su presencia muriéndose lo más pronto
posible. Seguro a un tipo así no lo quiere vivo ni su propia familia,
que debe estar esperando ansiosa su deceso para ver si dejó más bienes
que deudas.
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