Hoy hay 37 vidas menos. La gran mayoría eran jóvenes humildes, mujeres
adolescentes y muchachos imberbes. Cuando niños fueron alimentados con
aguadepanela, si se emborracharon lo hicieron con aguardiente, hablaban
español, se emocionaban con la Selección, se bañaron en aguas de
quebradas que serpentean entre montañas imponentes y posiblemente cuando
bailaban entonaban un vallenato. Sus madres, humildes, muy humildes,
los lloran hoy ante el alborozo de algunas voces que dicen: “bien
hecho”; “golpe certero”.
Porque si algo está adherido en nuestro ADN es creer que el equivocado
es el otro y que, como no entiende, hay que corregirlo. Preferiblemente a
las malas. “Para que aprenda”; “se calla o le doy en la jeta”. En estas
expresiones, muy usadas en nuestro léxico, subyace un país de machos.
“Ese sí es un berraco, que no se deja joder”.
Y a la menor oportunidad hay que darle al otro. Así, por ejemplo, ven a
un grupo de jovencitos que duerme en una cancha de fútbol, guareciéndose
de la lluvia. “Hay que rodearlos y darles con todo”, es la consigna.
Granadas, tiros, gritos… el horror. En el suelo, quedan inermes e
inertes 10 muchachos y una veintena mutilados. La suerte de uno más es
una tragedia inmensa al quedar con muerte cerebral. Se trata del cabo
Wílder Aguilar Sánchez. Su madre y su hermana viajan desde la lejura del
país y reciben ese cuerpo convertido en vegetal. Desde entonces lloran
en una clínica de Cali donde él permanece con pronóstico reservado. De
allí no se han movido esperando un milagro que no llega.
¿Qué hicieron los atacantes? Celebraron. Porque creen que así los otros
aprenden. Semejante acción ocurrió en Buenos Aires, Cauca. Uno de los
pueblos olvidados que mejor retrata lo que dice un reciente informe del
Departamento Administrativo Nacional de Estadística, DANE, de nuestro
atraso: el 62 % de sus pobladores son pobres y el 34 % está sumido en la
pobreza extrema.
Entonces, el presidente les pide a sus autores que acepten su
equivocación y que pidan perdón. Y deberían hacerlo. No por Santos, ni
por lo que llaman las élites, sino simple y sencillamente por esas 11
adoloridas madres que vimos en televisión con el corazón roto en mil
pedazos porque les mataron a sus hijos.
Pasan los días y los otros recurren a la alta tecnología para detectar
el calor humano y con aerofotografías ubican el campamento, autor
presumible de tan dolorosa página. Y van y les dejan caer varios kilos
de bombas. En segundos rasgan el cielo y producen un estruendo infernal.
Cuerpos destrozados, sangre y tierra mezcladas… el horror. ¡26 muertos!
escalofriante cifra, calificada como una acción legítima por el Estado,
pero alguien desprovisto de tanto patriotismo podría interpretarla como
una acción guiada por la venganza.
En este caso, ¿qué hicieron los atacantes? Celebraron. Porque creen que
así los otros aprenden. La acción ocurrió en el olvidado municipio de
Guapi, también en Cauca, y con peores cifras de miseria que las de
Buenos Aires. “En la región no hay agua potable, no hay alcantarillado,
los servicios de salud son insuficientes, el 90 por ciento de las
viviendas son de madera y se encuentran en regulares condiciones, faltan
docentes e implementos para la educación de los niños, y las únicas
vías de acceso son por aire y mar”, dice un informe del diario El Liberal.
Entonces, los otros reaccionan y suspenden el cese al fuego unilateral e
indefinido proclamado el 20 de diciembre del 2014. ¿Para qué? Pues para
responder más duro. Para disparar. Para que aprendan. Así, entre cruces
de comunicados, levantamiento de la voz, amenazas directas, muertos, se
vislumbra un futuro incierto. Habrá más muertos. Seguramente serán en
su mayoría jóvenes humildes, mujeres adolescentes y muchachos imberbes,
nacidos en un país donde el que se impone, lo hace porque demuestra que
es más macho que el otro.
Entre estas historias, el asalto al improvisado campamento de soldados,
el bombardeo al también improvisado campamento de guerrilleros, Ingrid
Yaneri Guaejia, una niña indígena de 7 años que jugaba con sus amiguitos
de regreso del colegio, también en Buenos Aires, se encontró la muerte
en el camino. Pisó una mina antipersonal que la destrozó.
En todo este contexto, y cuando las cuentas del rosario de muertes se
hacen interminables, aparece Alejandro Ordóñez, Procurador General de la
Nación, defensor de los intereses sociales, de los ciudadanos, para
declarar: “O firman la paz (las FARC) o mueren en su ley”. País de
machos.
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